sábado, 4 de abril de 2020

El amor en cuarentena


En su libro Pulgarcita, el mundo cambió tanto que los jóvenes deben reinventar todo…, el filósofo francés Michel Serres plantea la divergencia que existe entre las generaciones actuales con sus progenitores: “Aquí su esperanza de vida llega hasta los 80 años. El día de su casamiento, sus bisabuelos se habían jurado fidelidad por apenas una década. Si él o ella viven juntos, ¿jurarán lo mismo por 65 años? Sus padres heredaron alrededor de los 30, ellos esperarán a la vejez para recibir ese legado. Ya no conocen las mismas edades, ni el mismo matrimonio, ni la misma transmisión de bienes.” (Serres, 2013:16). Ya no es necesario vivir con la misma prisa que vivían las generaciones anteriores y, no obstante, nunca habíamos generado niveles de adrenalina tan altos para acompañar nuestra celeridad. Como tampoco nos habíamos sentido tan desconectados y sobrepasados por la angustia de la indeterminación.
En épocas de virus y de contingencias sociales, el amor será uno de los mayores afectados. Las parejas se derrumbarán entre la necesidad no optativa de estar todo el tiempo juntos, las parejas se cimentarán en estos tiempos de luna de miel obligatoria, las parejas se llevarán a límites, pero qué ocurre con las personas que no eligieron antes, que no se conocieron en épocas previas a la peste y que ahora, en estos meses de reclusión involuntaria, van a añorar más el contacto emocional.
En la historia de la humanidad, nunca habíamos dedicado tanto tiempo y esfuerzo a hablar sobre el amor y las relaciones humanas. Hoy en día, en nuestra sociedad hipermoderna, el asunto amoroso es un tema que obsesiona, aun para los que no lo practican. Como aclara el filósofo Zygmunt Bauman en su libro Amor líquido: “Las ‘relaciones’ son ahora el tema del momento y, ostensiblemente, el único juego que vale la pena jugar, a pesar de sus notorios riesgos”. (Bauman, 2005: 44). En tan sólo ocho siglos de construcciones amorosas, desde el Tratado del amor cortés de Andreas Capellanus a El nuevo desorden amoroso de Bruckner y Finkielkraut, la realidad del humano cambió tanto que sus lazos e implicaciones simbólicas, como el amor de pareja, mutaron. En particular en la idea de la búsqueda y no de la construcción de la pareja.
Antes la amada era otorgada por el destino y la función del amante era conquistarla, pues "con ligeras alas de amor franqueé estos muros, pues no hay cerca de piedra capaz de atajar el amor; y lo que el amor puede hacer, aquello el amor se atreve a intentar" (Shakespeare, 19999: 302).
Si con el amor cortés se crea la idea del cortejo y el enamoramiento como un proceso cultural que va más allá de nosotros mismos, "pues aún más grande galardón te daré yo, si perseveras" (De Rojas, 1999: 73) asegura Melibea ante la súplica amorosa de Calixto. Hoy, con Tinder y otras aplicaciones digitales, la complejidad detrás de una vinculación se basa en la sobre abundancia de posibles parejas, no la idea del amor, mucho menos de la construcción social.
Internet ha reconstruido la idea de la búsqueda. Si el experimento de “mundo pequeño” del matemático Stanley Milgram demostró que los humanos estaban a seis grados de separación en 1967, en sólo cincuenta años se convirtieron en tres y medio gracias a las redes sociales e internet las posibilidades de encontrar pareja se volvieron exponenciales.
Más allá de la insensatez de tomar en cuenta a los tres mil quinientos millones de mujeres u hombres como posible target -de ser así se debería tener una cita amorosa cada día durante 9,589 años para conocer a todas las parejas posibles- si haces una selección más precisa, digamos que tomas en cuenta una media de edad, que sean solteras, misma condición sociocultural y que comparten espacios, las posibilidades bajan a mil prospectos, de acuerdo al matemático Fernando Martín. Con ello, las probabilidades matemáticas de encontrar a la pareja ideal se convierten en 0.0001%, es decir es más fácil atinarle a la lotería que encontrar el amor absoluto.
En cambio, en un estudio que hizo el matemático Peter Backus, tomando como caso de estudio a las mujeres que compartían lo que él buscaba en la vida: solteras que viven en Londres, con una licenciatura, atractivas y que cree que él puede resultarles atractivo, se redujo a 26. Un número aún alto, pero asequible.
Ahora, en algoritmo puede funcionar, pero el cerebro se satura ante la elección. Howard Moskowitz, psicofísico que llegó a la noción de que cuando la gente debe elegir entre demasiadas opciones, en su caso alimentos, la gente elige por no elegir; al no saber si la respuesta será la mejor, el cerebro se mantiene a la expectativa. Es decir, digital pasa de la cercanía a la ansiedad de pensar cuáles son las posibilidades de toparse con esas 26 mujeres entre las más de cinco millones de mujeres que habitan la capital londinense. Podría pensarse que la forma más fácil es frecuentar lugares que estén entre los posibles espacios que el otro perfil también recorrería: un bar, un museo, un restaurante de moda, tal vez un estadio o un concierto. Cambiemos Londres por otra ciudad multitudinaria, por ejemplo, la Ciudad de México. En un cálculo matemático es sencillo encontrar ese número mágico de mujeres con las que puedes tener una paridad, pero cómo hacerlo en la capital mexicana donde hay 115 museos, 3 mil 600 antros y bares, 35 mil restaurantes, 129 teatros. ¿Cómo saber en cuál de todos estos espacios estará una de las 26 mujeres con las que puedes crear una pareja?
Si el hombre de occidente siente veneración ante el amor y su proceso cultural, ¿qué conlleva esta mutación amorosa? Hasta 2018, en Tínder había más de cuarenta millones de posibles parejas. Mutó de la construcción a la búsqueda de forma exponencial.
Si a mediados del siglo pasado Erich Fromm aseguraba que la búsqueda va más allá del otro como ser autónomo y de uno como ser, para ser receptor amoroso. La transformación social de la hipermodernidad pasó del amor como una realización a obsesión. Si en la Biblia Dios dice y las cosas se hacen, en Bumble, ellas hablan y los hombres responden, urgentes.
En épocas de distanciamiento y de miedo al contacto con el otro, la virtualización será aún más importante y necesaria para crear esos lazos que desde el siglo XII llamamos enamoramiento y antes era una emoción pasajera, no verbalizada. 
Es momento de amar, de ser amado, de crear vínculos, de no tocarnos la cara, de no hablar con extraños, de mantener la sana distancia, de contener la insania y la depresión recluida, de sobrevivir y de convertirnos en nuestro mejor posible, es tiempo de tantas cosas contradictorias que tal vez es tiempo de crear un nuevo modelo de amor y hacer nuevos tratados.
Analizaré en otro post los tratados amorosos de siglos anteriores, mientras, los solteros, abran sus perfiles en plataformas como Bumble, tinder, Match up, Ok Cupid.... los que tienen pareja, resuelvan su vida empiernados y los que no creen en el amor, bienaventurados porque no tienen una dependencia cultural que un bardo construyó hace varios años y hoy le llamamos condición humana, necesidad o, peor aún, razón de vida.
En pocas palabras, a seguir buscando o amar, que el mundo esta vez sí se va a acabar.  



jueves, 8 de septiembre de 2016

El arribo de la inteligencia artificial


Este año las compañías más grandes del mundo decidieron apostar por crear Inteligencia Artificial a pasos agigantados, invirtiendo billones de dólares, uniendo a las mentes más brillantes del mundo y planteando cómo será nuestro planeta si en esta generación se crea una inteligencia de silicio.
Este avance sería el cambio de paradigma más grande que hemos contemplado. Deseamos construir dioses, no seres artificiales con características humanas, los robots son demasiado simples, como lo fue el Golem, y los cyborgs siguen siendo mortales, como lo mostró Ícaro. No, dioses. Omniscientes, omnipresentes y, si logramos crear Inteligencia Artificial, omnipotentes.
Aunque la I.A. es difícil de describir, partamos de que es el poder de que una máquina tenga, más allá de un súper poder para procesar datos, conciencia de sí misma, como nosotros, pero sin nuestras limitaciones.
La I.A. podrá pensar en red, desarrollar pensamientos complejos y usar todas sus herramientas para resolver un problema, como el cáncer. Ahora piensa exponencial, el hambre, la producción de energías renovables, rutas de desplazamiento, comprensión de variables complejas, cambios climáticos, viajes interestelares, arte, operaciones científicas, preguntas lógicas, hasta el desarrollo de la inmortalidad podría estar en sus tareas o cómo generar aprendizaje instantáneo en el hombre… Si lográramos tener una Inteligencia Artificial todo esto podría ser solucionado.
Sin embargo, es importante aclarar que la Inteligencia Artificial va más allá del beneficio y comodidad del hombre, como han sido todos los avances tecnológicos hasta la fecha, para convertirse en algo más, pues estamos, por vez primera, ante la capacidad de crear una nueva especie no biológica, ello lo hicimos hace diez mil años con los perros, y será más poderosa que nosotros. Podrá cubrir todas nuestras necesidades o, como alertó Stephen Hawkings, extinguir.
Con la creación de la I.A. todo cambiará, ¿seguirán construyéndose las ciudades igual?, ¿se diseñará la ropa con el mismo enfoque?, ¡practicaremos deporte contra máquinas o será nuestro pasatiempo humano?, ¿cómo nos vincularemos con la vida y con la realidad?
Ahora, los detractores asegurarán que una máquina no puede suplirnos. Es cierto, pero más allá, una máquina es incapaz de amar, no puede crear arte ni maravillarse con nuestro entorno. ¿O sí?
Es cierto, en principio la máquina no tendrá emociones, tal vez no podrá amar, entregarse al otro de una forma subjetiva por la búsqueda de la emoción que despierta el amor. Maravillarse con el entorno, sí, tal vez más profundamente que nosotros pues entenderá lo que está detrás de un “milagro”, como las reglas del Universo. El arte, dirán algunos, el arte sólo lo pueden crear los humanos, es nuestro logro más subjetivo.
El arte conlleva sentimientos. Es una emoción absoluta en el que lo recibe, en el que lo genera es un planteamiento tan racional que busca crear planteamientos emocionales a partir de colores, palabras, sonidos y estructuras que le dan un orden específico, perfecto.
Lo que cambiará será la relación del espectador con la obra, ya no tendrá que maravillarse ante lo que construyen otros, sino elegirá lo que desea ver, escuchar, leer y sobre ello podrá construir sus narraciones personales, perfectas. ¿Si Woody Allen aclara que cada vez que escucha Wagner le dan ganas de invadir Polonia, a ti qué sentimiento te gustaría obtener?
Richard Feynman determinaba que “la imaginación de la naturaleza es mucho más extraordinaria que la imaginación del humano”. Si es así, ¿cómo será la imaginación de una máquina? Hasta ahora se le ha enseñado a replicar a los maestros. Como el proyecto “The New Rembrandt” donde una computadora analizó con un algoritmo las piezas del pintor holandés entendiendo el estilo y la técnica hasta aprehenderlo y generar una obra inédita en una impresora 3D. De igual forma, se estudiaron las obras de Mozart, Beethoven y la computadora construyó, con ese estilo creativo, piezas únicas. Si la máquina ya demostró que puede aprender de los grandes, qué pasará cuando conformen su canon estético sobre el cuál crear, no sólo replicar.

Miguel Ángel creía que “el arte es el reflejo de la divina perfección”, sobre ello me pregunto, ¿habrá llegado el momento en que el principio del escultor italiano se cumpla gracias a la Inteligencia Artificial?

viernes, 18 de diciembre de 2015

Inteligencia Artificial (II: Tendencias)

Qué escribir, la no eterna pregunta

Elegir un tema sobre el que escribir es una decisión difícil, más si eres una persona con mayor creatividad que disciplina.
Cada día, viendo una serie de televisión, una película, leyendo el periódico, aparecen historias que me gustaría contar: niños comunistas entrenados para ser asesinos a sueldo, spin off de superhéroes, historias de amor y de guerra, sin importar el orden de los factores, historias del pasado o del futuro, crónicas históricas que merecen ser vividas en imaginación propia, reescritura de historias magníficas mal escritas, entre un largo etcétera que me lleva a una simple conclusión: Uno no escribe lo que le gustaría que le contaran, uno lee lo que le gustaría que le contaran, uno escribe lo que otros no pueden contar.
Yo sé lo que tengo que contar, yo sé lo que debo escribir los siguientes años, la continuación de lo que escribo desde hace tres, que va más allá de un argumento a desarrollar por un efecto que crear.
Mi fin es transformar la narrativa, crear un vínculo entre la realidad y la ficción, ir más allá que los hombres que me hicieron elegir este camino. No sé si fracase o tenga éxito, pero sé que no será la historia que otros pueden contar, sino la historia que siempre me ha obsesionado tanto que sé que sólo yo la puedo desarrollar.
Espero que les guste, en un años que la concluya sabré si tuve el acierto al escribirla de esta forma, ahorita sólo sé que yo la tengo que contar y que, por fortuna, cada día aparecen nuevas historias que disfrutar, que otros me pueden contar de la forma en la que sólo ellos son capaces de hacerlo.